En verano de 1972, los amantes del fútbol clavaron su mirada en las verdes tierras belgas. Concretamente, en los campos delimitados por franjas blancas y con una portería a cada extremo. El 18 de junio, Bruselas acogió el desenlace la Eurocopa, un choque que traspasaba las fronteras del balón. En un lado del cuadrilátero, Alemania Federal, representante de los valores occidentales, y en el otro, la Unión Soviética, que cargaba sobre sus hombros el prestigio del imaginario comunista.

 

La RFA, comandada por el sombrero de Helmut Schön, se impuso con suficiencia en la gran final gracias a los goles del “Torpedo” Müller y Herbert Wimmer. Aquella era una selección muy joven, en la que ningún jugador sobrepasaba los treinta años. Beckenbauer y Müller, con tan solo 26 años, lideraban un elenco repleto de jugadores del Bayern de Múnich y el Borussia Monchedgladbach.

 

Dos veranos más tarde, el combinado teutón, todavía bajo las directrices del mítico Schön, resquebrajó los engranajes de la “Naranja mecánica” y se proclamó campeona del mundo. Fue una noche mágica para una selección alemana que ejercía de anfitriona y que mostró delante de 75.000 personas que Cruyff y Neeskens eran de este planeta. En aquel Mundial, no solo levantaron el macizo trofeo de oro, sino que cincelaron en el ADN germánico una forma de entender la selección.

 

Gerd Muller, Franz Beckenbauer y compañía imprimieron un sello que a fecha de hoy sigue vigente, latiendo en el trasfondo de los éxitos futbolísticos de la nación. El actual seleccionador, Joachim Low, ha sido capaz de dar continuidad al modelo de los hombres de Schön: jugadores plenamente entregados, sin egos por encima del colectivo y el pulso firme a la hora de incorporar a los más jóvenes del panorama futbolístico alemán.

 

Pese a la facilidad idiomática para conceptualizar ideas, el alemán -o al menos su deje balompédico- no conoce la expresión “vacas sagradas”. En 1974, Schön no vaciló a la hora de incorporar a unos jóvenes Hoeness  y Bonhof en la lista para la cita mundialista, y Low tampoco lo hizo en 2014, cuando abrió la puerta a Ginter, Draxler o Götze. Con 40 años de diferencia entre ambos títulos, la misma peculiaridad endémica define al cuadro teutón: la continua metamorfosis.

 

Situados en la vanguardia de la renovación, desde Berlín se han encargado de desmontar un tópico para algunos incuestionable: si las cosas van bien no hay que tocarlas. Justamente, su línea de actuación ha sido totalmente contraria a esta afirmación, y se ha acercado más a los postulados de Heráclito. La incesante transformación, sustentada por la entrada de talento sin consagrar, cimenta el funcionamiento de la “Die Mannscahft”

 

Pese a que pueda parecer que estas rotaciones son fruto de una evolución natural, no todas las selecciones nacionales son capaces de modificar su esqueleto con esta facilidad. Buena prueba de ella son Holanda y Italia, que, tras cosechar buenos resultados en el último lustro, no han sido capaces de lograr un billete para Rusia. Ambas selecciones fueron víctimas de su propio éxito, no supieron reciclarse con suficiente celeridad.

 

Löw ha sido capaz de dar continuidad al modelo de Schön.

 

Los neerlandeses sufrieron uno de los golpes más duro de su historia futbolística en 2010, cuando España les despertó de su sueño mundial en Sudáfrica. En esta misma tesitura se encontró Alemania en 2008, cuando Fernando Torres superó con suavidad a Lehmann y “La Roja” conquistó Europa. No obstante, las reacciones de sus respectivos seleccionadores fueron totalmente opuestas.

 

El técnico alemán optó por redistribuir los pesos de la selección, y otorgó muchos galones a jugadores con poca experiencia internacional. A la postre, Thomas Müller, Mesut Ozil o Toni Kroos erigieron como piezas fundamentales en el esquema germánico. En cambio, el entonces seleccionador holandés, van Marwijk, adoptó una postura inmovilista y continuó delegando sus posibilidades en el bloque que rozó la gloria en Johannesburgo.

 

Los resultados no fueron siquiera parecidos, y los de la elástica naranja cayeron en la fase de grupos de la Eurocopa, mientras que los pupilos de Low alcanzaron las semifinales. De la misma forma, Italia tampoco logró hacerse un hueco en las eliminatorias del Mundial del 2014, tras haber pugnado en la final de la Eurocopa del 2012 ante la selección española.

 

Los tres países sufrieron el mismo revés. Se plantaron en el partido decisivo del torneo y cayeron ante Xavi, Iniesta y sus conmilitones. Pero, mientras que los alemanes fueron capaces de sacar a relucir su resiliencia y pundonor, los italianos y los holandeses se estancaron en las puertas del éxito. Los teutones son pragmáticos; saben que la sabia nueva impulsa sobremanera a cualquier conjunto, y aquí el objetivo es ganar. Constante evolución para un constante éxito.